Nuestra Señora saluda a su prima Isabel
En la Visitación de la Virgen María a su prima Santa Isabel imaginemos el camino recorrido a pie por la Santísima Virgen María, en compañía de San José, hasta la casa de Santa Isabel. Vemos a la Santísima Virgen María y a su esposo San José atravesando valles y montañas y, al cabo de cinco días, llegando a la casa de Isabel y Zacarías. Con el rostro iluminado por una alegría celestial, Nuestra Señora saluda a su prima, que la acoge como Madre del Señor. A continuación, la Virgen entona su célebre canto, el «Magníficat». Dedidaco a los Primeros sábados del mes.
Oración preparatoria:
Evangelio de San Lucas (1, 39-48)
Encarnación del Verbo de Dios
Partió pronto, porque en un alma que desea hacer el bien y crecer en la virtud no hay tardanza, ni pereza, ni desviaciones. Es preciso advertir que el hecho de que María tuviera prisa no quiere decir que estuviera perturbada por agitación alguna, pues indudablemente iba con pleno equilibrio y calma interior.
Comunicar las maravillas, la gracia del Espíritu Santo
La prisa venía del deseo de comunicar las maravillas que llevaba dentro de Sí, y aunque tenía toda la disponibilidad para ayudar con las necesidades prácticas, ese no era el motivo más importante. Su consideración hacia su prima le dio la certeza de que no había nadie mejor para ser su interlocutora, ya que Isabel estaba de alguna manera involucrada en los misterios de la Redención. Y por amor al Divino Hijo que estaba dando a luz, se puso en camino de inmediato, como comenta San Ambrosio: «En su afán de felicidad, se dirigió a la montaña. Llena de Dios, ¿podría no elevarse hasta las alturas? Los cálculos lentos son ajenos a la gracia del Espíritu Santo».
Además, hubo un motivo más significativo que determinó el viaje, relacionado con la persona y la misión de San Juan Bautista. Por revelación del ángel, sin duda la Santísima Virgen sabía que el hijo que Santa Isabel estaba a punto de dar a luz era el Precursor y, por esta razón, estaba segura de que estaba asociado de manera particular al plan de la salvación. Por tal motivo, corrió con la intención de
santificar lo antes posible al futuro Bautista, ya que la idea de que este varón pudiera nacer manchado por el pecado hería sus anhelos. Nuestra Señora se apresuró, entonces, a transmitir en exclusiva la Buena Nueva a Santa Isabel y a San Juan Bautista.
Con su voz, Nuestra Señora fue portadora de la gracia divina para la familia de Isabel. Podemos imaginar la unción y el poder de la voz de la Madre de Dios en función de sus frutos. ¡Esa voz tiene fuerza y penetración y es extraordinariamente eficaz! Al decir «Isabel», el niño saltó de alegría en el seno materno y en ese instante fue santificado, como si hubiera sido bautizado. En ese mismo instante, al oír la voz de María, Santa Isabel fue arrebatada por el Espíritu Santo, exclamando: «¡Qué honor me da ser visitada por la Madre de mi Señor! Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre». Conocer el efecto de la voz de la Santísima Virgen constituye una magnífica enseñanza para nosotros.
Qué brotó del corazón de María cuando visitó a su prima santa Isabel
Una de las mayores alegrías del Evangelio es la que brotó del corazón de María cuando visitó a su prima santa Isabel. Al no caber en su pecho, derramó esa alegría en el canto de gratitud, humildad y alabanza que conocemos como el «Magníficat».
Para María, la Encarnación del Verbo fue el momento supremo de su vida. Todo la llevaba al éxtasis, deslumbrada por la predilección de Dios hacia ella y el admirable futuro que se le abría. Sin embargo, al saber del embarazo de Isabel, se olvidó de sí misma y se apresuró a ir a las montañas de Judea, a la ciudad donde vivía su prima. Sentía la necesidad de ayudarla hasta el nacimiento de su hijo. Y fue allí, en casa de Isabel, donde María cantó su felicidad con el Magníficat. Y explica por qué estaba llena de alegría: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque ha mirado la humildad de su Esclava».
Mes de Fátima
¿Se habrá escuchado entonces la voz de María Santísima?
La llamada la Puerta del Cielo
Reflexionemos
¿Han cesado las culpas, los pecados? ¿Se ha hecho la expiación? Al contrario, la observación de los hechos nos muestra que la crisis moral en Occidente, desde 1917 hasta hoy, no ha hecho más que acentuarse rápidamente. Por otra parte, no se percibe en la humanidad un movimiento amplio, firme y eficaz en el sentido de reclamar la solución de lo que más ofendió a la Madre de Dios, es decir, la reforma de la moralidad, tanto en el ámbito particular de los individuos y sus familias, como en el ámbito público de cada pueblo.
Nos corresponde a nosotros, en este momento, hacer un examen de conciencia y preguntarnos: ¿tenemos los oídos suficientemente abiertos a la voz de María en Fátima? ¿Hemos tratado de atender las peticiones que la Madre de Dios nos hizo a través de los tres pastorcitos? ¿Nos preocupamos por enmendarnos en aquello que quizá le causamos disgusto? ¿Procuramos preservar la santidad y la armonía cristiana en nuestra familia y fomentar la virtud en los ambientes que frecuentamos?
Al término de esta meditación, volvamos nuestros corazones a la Santísima Madre de Fátima, presentándole nuestro propósito de escuchar más atentamente su voz misericordiosa y dejarnos tocar por la gracia divina que Ella trae consigo. Que el timbre divino de esa voz nos envuelva a todos, ayudándonos en nuestra santificación personal, en la de nuestra familia y en la de aquellos que nos son

