Novena a San Josemaría por la familia por la gracia de formar una auténtica familia cristiana
Cómo Hacer la Novena de la Familia
Esta novena tiene por finalidad pedir a Dios, por intercesión de san Josemaría, la gracia de formar una auténtica familia cristiana y de mantenerla y mejorarla continuamente, sobre la base firme del amor a Cristo y del ejemplo de la Sagrada Familia.
Cada día de la novena consta de dos partes
- La primera es una selección de textos de san Josemaría para reflexionar, hacer examen y rezar.
- La segunda parte consta de una serie de intenciones o peticiones dirigidas a Dios para que lo meditado se traduzca en propósitos concretos, en esfuerzos sinceros, en actitudes y en acciones para el bien de la familia.
Cómo hacer la novena
Esta novena está dirigida principalmente a esposos, padres y abuelos; y también a todas aquellas personas que, por sus circunstancias personales deseen aprovechar esta devoción. Puede practicarse en pareja, a solas o en conjunto con otros matrimonios a lo largo de nueve días consecutivos, o en un solo día semanal a lo largo de nueve semanas; o en plazos mayores y ritmos menos regulares, según las posibilidades de los que la practican. La lectura de todos o de algunos textos puede realizarse en voz alta por quien dirige la novena. Después de leer cada reflexión y cada intención, se aconseja una pausa de silencio para rezar. San Josemaría desde el Cielo puede interceder ante Dios para fortalecer la unidad de una familia, mejorar la relación en un matrimonio o ayudar a los hijos ante alguna dificultad.
ORACIÓN A San Josemaría
Oh Dios, que por mediación de la Santísima Virgen otorgaste a san Josemaría, sacerdote, gracias innumerables, escogiéndole como instrumento fidelísimo para fundar el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano: haz que yo sepa también convertir todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte, y de servir con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, iluminando los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor. Concédeme por la intercesión de san Josemaría el favor que te pido... (pídase). Así sea. Amén.Padrenuestro, Avemaría, Gloria.ÉSTA ORACIÓN SE REZA DESPUÉS DE CADA REFLEXIÓN E INTENCIÓN
Día 1. El Matrimonio, Vocación Divina
Reflexión Palabras de José María
¿Para qué estamos en el mundo? Para amar a Dios, con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma, y para extender ese amor a todas las criaturas. ¿O es que esto parece poco? Dios no deja a ningún alma abandonada a un destino ciego: para todas tiene un designio, a todas las llama con una vocación personalísima, intransferible. El matrimonio es camino divino, es vocación. (Conversaciones, 106)
El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice san Pablo, y, a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque —queramos o no— el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra. (Es Cristo que pasa, 23)
Llevo casi cuarenta años predicando el sentido vocacional del matrimonio. ¡Qué ojos llenos de luz he visto más de una vez, cuando —creyendo, ellos y ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble y limpio— me oían decir que el matrimonio es un camino divino en la tierra! (Conversaciones, 91)
Es importante que los esposos adquieran sentido claro de la dignidad de su vocación, que sepan que han sido llamados por Dios a llegar al amor divino también a través del amor humano;que han sido elegidos, desde la eternidad, para cooperar con el poder creador de Dios en la procreación y después en la educación de los hijos; que el Señor les pide que hagan, de su hogar y de su vida familiar entera, un testimonio de todas las virtudes cristianas. (Conversaciones, 93) Los esposos cristianos […] deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad. (Conversaciones, 91) El amor, que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a nuestro Dios. Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid —insisto— ese algo divino que en los detalles se encierra… (Conversaciones, 121)
Intenciones
Que nos haga comprender la grandeza del matrimonio cristiano; que entendamos que se trata de una vocación divina –una llamada personal, amorosa, de Dios– y de una misión que Él nos confía en el mundo: formar una familia cristiana, sana y santa, “célula fundamental, célula vital –como dijo el Papa Juan Pablo II– de la gran y universal familia humana” y de la Iglesia. Que nos conceda la alegría de saber que nuestro matrimonio y nuestra familia son un camino divino, en el cual –cultivando una intensa vida espiritual y ayudándonos unos a otros– podemos y debemos seguir a Cristo, camino, verdad y vida, e imitar su amor y su entrega. Que no nos olvidemos nunca de que Dios nos acompaña, fortalece y ampara con la gracia del Sacramento del Matrimonio; y, por eso, que confiemos en que Él –con la gracia del Espíritu Santo– nos llenará de bendiciones y nos hará capaces de enfrentar fielmente todas las responsabilidades y problemas de la vida familiar. Que Él siempre nos recuerde el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, María y José, que –llenos de fe y de amor, y olvidándose de sí mismos– vivieron plenamente entregados a amar a Dios Padre, y unos a otros, con una dedicación alegre y sencilla, llena de generosidad y de espíritu de servicio.
Rezar la ORACIÓN A San JosemaríaDía 2. El matrimonio, Camino de Santidad
Reflexión Palabras de José María
Ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación. Hoy, una vez más me lo propongo a mí, y os recuerdo también a vosotros y a la humanidad entera: ésta es la Voluntad de Dios, que seamos santos […] ¿Y qué nos dice a los casados? ¿Qué, a los que trabajamos en el campo? ¿Qué, a las viudas? ¿Qué, a los jóvenes? […]. Y suelo puntualizar que Jesucristo Señor Nuestro predicó la buena nueva para todos, sin distinción alguna […]. A cada uno llama a la santidad, de cada uno pide amor: jóvenes y ancianos, solteros y casados, sanos y enfermos, cultos e ignorantes, trabajen donde trabajen, estén donde estén. (Amigos de Dios, 294) El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado — con la gracia de Dios— todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive. Por esto pienso siempre con esperanza y con cariño en los hogares cristianos, en todas las familias que han brotado del sacramento del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran misterio divino. (Conversaciones, 91) Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad
social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos
cristianos deben sobrenaturalizar [santificar]. (Es Cristo que pasa, 23)
[El nacimiento de Jesús, nuestro Salvador] se cumple en medio de
las circunstancias más normales y ordinarias: una mujer que da a luz,
una familia, una casa. La Omnipotencia divina, el esplendor de Dios,
pasan a través de lo humano, se unen a lo humano. Desde entonces los
cristianos sabemos que, con la gracia del Señor, podemos y debemos
santificar todas las realidades limpias de nuestra vida. No hay situación
terrena, por pequeña y corriente que parezca, que no pueda ser
ocasión de un encuentro con Cristo y etapa de nuestro caminar hacia
el Reino de los cielos. (Es Cristo que pasa, 22)
Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde
están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está
el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de
las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos,
sirviendo a Dios y a todos los hombres. (Conversaciones, 113)
Admira la bondad de nuestro Padre Dios: ¿no te llena de gozo la certeza de que tu hogar, tu familia, tu país, que amas con locura, son materia de santidad? (Forja, 689)
Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente
de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales [fe, esperanza, caridad]
en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la
sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría... (Es Cristo que pasa, 23)
Intenciones
Que comprendamos que, viviendo con amor y con la mirada puesta
en Dios los deberes conyugales y familiares (deberes de esposos,
de padres, de hijos), podemos santificarnos; o sea, que podemos
ir alcanzando, paso a paso, las cumbres del ideal cristiano de
santidad, y crecer día tras día en la identificación con Jesucristo,
imitando especialmente su amor y las demás virtudes cristianas.
Que Él coloque en nuestro corazón el entusiasmo por ese ideal de
santidad, que no es sólo para las almas totalmente dedicadas a
Dios en el celibato, sino también para nosotros, los casados, pues
la vocación para la santidad, como enseñó san Josemaría y la Iglesia proclama insistentemente, es para todos los hijos de Dios, para
todos los bautizados: solteros, casados, viudos…, sea cual sea su
situación en el mundo.
Que nos ayude a crear un auténtico ambiente de familia, que sepamos luchar para vivir las virtudes que nos lleven “a ser y a hacer
familia”: el cariño abnegado, la humildad y el olvido de sí, la comprensión, la grandeza de corazón para olvidar y perdonar, y todo
lo que contribuya a vencer las pequeñeces del egoísmo y a hacer
triunfar el amor.
Que nos demos cuenta de que Cristo está presente y nos espera
en todos los momentos y circunstancias de la vida familiar, y que
enfoquemos cada uno de nuestros deberes como una respuesta de
amor a Jesús, una respuesta a lo que Él espera de nosotros en ese
momento.
Día 3. El Amor Cristiano
Reflexión: Palabras de San Josemaría
El amor tiene necesariamente sus características manifestaciones.
Algunas veces se habla del amor como si fuera un impulso hacia
la propia satisfacción, o un mero recurso para completar egoístamente la propia personalidad. Y no es así: amor verdadero es salir
de sí mismo, entregarse. El amor trae consigo la alegría, pero es
una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz. Mientras estemos en la tierra y no hayamos llegado a la plenitud de la vida futura, no puede haber amor verdadero sin experiencia del sacrificio,
del dolor. Un dolor que se paladea, que es amable, que es fuente
de íntimo gozo, pero dolor real, porque supone vencer el propio
egoísmo, y tomar el Amor como regla de todas y de cada una de
nuestras acciones. (Es Cristo que pasa, 43)
El amor puro y limpio de los esposos es una realidad santa que yo,
como sacerdote, bendigo con las dos manos [...]. El Señor santifica
y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia
el marido [...]. Ningún cristiano, esté o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla. (Es Cristo que pasa, 24)
El amor humano, el amor de aquí abajo en la tierra cuando es verdadero, nos ayuda a saborear el amor divino. Así entrevemos el amor
con que gozaremos de Dios y el que mediará entre nosotros, allá en el
cielo, cuando el Señor sea todo en todas las cosas (I Corintios 15, 28).
Ese comenzar a entender lo que es el amor divino nos empujará
a manifestarnos habitualmente más compasivos, más generosos,
más entregados. (Es Cristo que pasa, 166)
Cada uno de nosotros tiene su carácter, sus gustos personales, su
genio —su mal genio, a veces— y sus defectos. Cada uno tiene
también cosas agradables en su personalidad, y por eso y por muchas más razones, se le puede querer. La convivencia es posible
cuando todos tratan de corregir las propias deficiencias y procuran
pasar por encima de las faltas de los demás: es decir, cuando hay
amor, que anula y supera todo lo que falsamente podría ser motivo
de separación o de divergencia. En cambio, si se dramatizan los
pequeños contrastes y mutuamente comienzan a echarse en cara
los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la paz y se
corre el riesgo de matar el cariño. (Conversaciones, 108)
Sólo serás bueno, si sabes ver las cosas buenas y las virtudes de los
demás. Por eso, cuando hayas de corregir, hazlo con caridad, en el
momento oportuno, sin humillar..., y con ánimo de aprender y de
mejorar tú mismo en lo que corrijas. (Forja, 455)
Intenciones
Que nos libre del egoísmo y haga que nunca consideremos el
matrimonio como una solución para nuestra realización egoísta,
como un modo de ejercer “el derecho de ser feliz”. Que veamos
que eso sería diluir el valor del matrimonio y transformarlo en un
simple medio para alcanzar satisfacciones egocéntricas, placeres
y sueños puramente personales. Que no perdamos de vista que
es una vocación de amor, de aquel amor verdadero, que –como
enseña Jesús– encuentra más alegría en dar que en recibir.
Que alcancemos el amor auténtico, que consiste en “querer bien”,
o sea, en querer el bien de los demás (esposa, marido, hijos):
aquello que les puede ayudar a ser mejores, a trabajar con más
alegría; lo que les puede aliviar los dolores y las sobrecargas; lo que
contribuye a aumentar el cariño entre todos; lo que nos pueda unir
más, hasta que todos juntos formemos –como dice el Papa Juan
Pablo II– una “comunidad de vida y de amor”.
Que mujer y marido comprendamos que no nos pertenecemos a
nosotros mismos, pues, delante de Dios, ofrecimos el uno al otro
la disponibilidad generosa del cuerpo –para vivir la unión conyugal
santa y pura, de acuerdo con la ley de Dios y de la Santa Iglesia–,
y ofrecimos también mutuamente nuestros corazones. Que, por
eso, estemos decididos a vivir las atenciones, las delicadezas,
la dedicación y el sacrificio propios del amor santificado; y que
vivamos con responsabilidad el deber de proteger nuestra fidelidad,
con toda la sensibilidad y prudencia necesarias (procurando viajarjuntos, siendo discretos y reservados en el trato con colegas,
parientes y amigos del otro sexo, etc.).
Que todos nos empeñemos –pidiéndole a Dios mucha ayuda– en
corregir nuestro mal genio, nuestro mal humor, las fluctuaciones
de carácter, nuestras manías, nuestra comodidad, y todos los
defectos que perjudican la convivencia; y, al mismo tiempo, que
sepamos tener comprensión y paciencia con las faltas ajenas, sin
exagerarlas ni dramatizar los problemas.
Día 4. El Amor de Cada Día
Reflexión: Palabras de San Josemaría
No olviden [los esposos] que el secreto de la felicidad conyugal
está en lo cotidiano, no en ensueños. Está en encontrar la alegría
escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los
hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia
entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que
afrontar con deportividad. (Conversaciones, 91)
Para que en el matrimonio se conserve la ilusión de los comienzos,
la mujer debe tratar de conquistar a su marido cada día; y lo mismo habría que decir al marido con respecto a su mujer. El amor
debe ser recuperado en cada nueva jornada, y el amor se gana con
sacrificio, con sonrisas y con picardía también. Si el marido llega a
casa cansado de trabajar, y la mujer comienza a hablar sin medida,
contándole todo lo que a su juicio va mal, ¿puede sorprender que
el marido acabe perdiendo la paciencia? (Conversaciones, 107)
[Para las esposas] Es siempre actual el deber de aparecer amables
como cuando erais novias, deber de justicia, porque pertenecéis a
vuestro marido: y él no ha de olvidar lo mismo, que es vuestro y
que conserva la obligación de ser durante toda la vida afectuoso
como un novio. Mal signo, si sonreís con ironía, al leer este párrafo:
sería muestra evidente de que el afecto familiar se ha convertido
en heladora indiferencia. (Es Cristo que pasa, 26)
Cuando la fe vibra en el alma, se descubre que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida humana corriente y habitual. Y
que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada. (Amigos de Dios, 312)
Cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente
de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios.
Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación
cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día.
En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la
tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones,
cuando vivís santamente la vida ordinaria... (Conversaciones, 116)
Realizad [los esposos] las cosas con perfección, os he recordado,
poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid
—insisto— ese algo divino que en los detalles se encierra: toda
esta doctrina encuentra especial lugar en el espacio vital, en el que
se encuadra el amor humano. (Conversaciones, 121)
Intenciones
La gracia de no caer nunca en la rutina y el cansancio en la forma
de actuar, de mirar, de hablar unos con otros; en el cariño con que
nos saludamos al encontrarnos o despedirnos; en la alegría que
manifestamos al llegar a casa; en la educación con que pedimos las
cosas (“por favor”) y con que las agradecemos; en la delicadeza con
que avisamos de nuestras salidas (“voy a salir, estaré en tal lugar
hasta las…”), y en el esmero con que cuidamos las cosas materiales
del hogar.
Que marido y mujer, nos tratemos siempre “como si fuéramos
novios” (como aconsejaba san Josemaría); que pensemos en las
alegrías cotidianas que podemos darnos el uno al otro y a los hijos,
a través de tantos pequeños detalles; que no caigamos nunca en
el abandono personal (que no caigamos en el abandono personal,
en una presentación descuidada, en posturas inadecuadas o en el
aislamiento de la familia, sea por comodidad o con la excusa del
cansancio); que huyamos, como del demonio, de las groserías, las
inconveniencias y las palabras ofensivas.
Que no permitamos que la televisión y el ordenador –Internet– se
conviertan en los “dueños” de nuestra casa, en tiranos que ahogan
y eliminan los momentos de intimidad, de cambios de impresiones; o la cordialidad de las charlas en la mesa, o los momentos
de confidencias a solas entre marido y mujer y entre padres e hijos.
Que, como decía san Josemaría, sepamos hacer, de la prosa diaria, poesía heroica, viendo en todos los momentos y circunstancias del trabajo del hogar, del cumplimiento de los deberes cotidianos,
hasta de los más materiales (como lavar los platos, hacer la propia
cama, poner o recoger la mesa, limpiar la cocina, etc.) ocasiones de
amar y de servir, con alegría y con sencillez, servicios que procuramos repartir y asumir entre todos, con generosidad y alegría.
Día 5. Hogares Luminosos y Alegres
Reflexión: Palabras de San Josemaría
Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en
el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se
percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda,
fruto de una fe real y vivida. (Es Cristo que pasa, 22)
La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que
se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos
los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el
cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y
llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber
sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a
los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles
que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos
roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas;
a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está
compuesta la convivencia diaria. (Es Cristo que pasa, 23)
Lo que verdaderamente hace desgraciada a una persona —y aún
a una sociedad entera— es esa búsqueda ansiosa de bienestar,
el intento incondicionado de eliminar todo lo que contraría. La
vida presenta mil facetas, situaciones diversísimas, ásperas unas,
fáciles quizá en apariencia otras. Cada una de ellas comporta su
propia gracia, es una llamada original de Dios: una ocasión inédita
de trabajar, de dar el testimonio divino de la caridad. A quien
siente el agobio de una situación difícil, yo le aconsejaría que
procure también olvidarse un poco de sus propios problemas, para preocuparse de los problemas de los demás: haciendo esto,
tendrá más paz y, sobre todo, se santificará. (Conversaciones, 97)
Verdaderamente es infinita la ternura de Nuestro Señor. Mirad
con qué delicadeza trata a sus hijos. Ha hecho del matrimonio
un vínculo santo, imagen de la unión de Cristo con su Iglesia, un
gran sacramento en el que se funda la familia cristiana, que ha
de ser, con la gracia de Dios, un ambiente de paz y de concordia,
escuela de santidad […] Si se vive el matrimonio como Dios quiere,
santamente, el hogar será un rincón de paz, luminoso y alegre.
(Es Cristo que pasa, 78)
Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida
cómoda, sino un corazón enamorado. (Surco, 795)
No me olvides que a veces hace falta tener al lado caras sonrientes
(Surco, 57). Propósito sincero: hacer amable y fácil el camino a los
demás, que bastantes amarguras trae consigo la vida. (Surco, 63)
La atención prestada a su familia será siempre para la mujer su
mayor dignidad: en el cuidado de su marido y de sus hijos o, para
hablar en términos más generales, en su trabajo por crear en torno
suyo un ambiente acogedor y formativo, la mujer cumple lo más
insustituible de su misión y, en consecuencia, puede alcanzar ahí su
perfección personal [...]. Eso no se opone a la participación en otros
aspectos de la vida social [...]. También en esos sectores puede dar
la mujer una valiosa contribución, como persona, y siempre con las
peculiaridades de su condición femenina [...] Es claro que, tanto la
familia como la sociedad, necesitan esa aportación especial, que
no es de ningún modo secundaria. (Conversaciones, 87)
Intenciones
Que nos conceda la gracia de no exagerar las contradicciones,
los conflictos y los sacrificios diarios, las cosas que nos hacen
sufrir; que sepamos tener grandeza de alma para aceptar y
ofrecer esas cruces a Dios –muy unidos a la Cruz de Cristo–,
evitando descargarlas sobre los demás en forma de quejas, de
lamentos, de palabras rencorosas, de comentarios que amargan
la vida del hogar. Y que huyamos, como del propio demonio, de
los celos enfermizos, esas obsesiones sin fundamento serio, que
son una verdadera tortura y que pueden destruir la armonía del
matrimonio.
Que seamos capaces de encubrir con una sonrisa –por amor a
Dios y a los demás– el sacrificio de nuestra dedicación, nuestra
paciencia con los defectos de los demás y con sus manías, y también
nuestro cansancio; y que nunca andemos con aires de víctima o
con la cara triste del que se siente incomprendido y despreciado,
porque cree que los demás no reconocen todo lo que hace, ni
corresponden como deberían.
Que sepamos dar siempre un tono optimista a nuestras
conversaciones; que evitemos juicios y comentarios pesimistas
sobre los hechos y las personas; que no dramaticemos los momentos
de dificultad económica, sino que sepamos luchar y rezar juntos
para superarlos; de forma que la certeza de que Dios nos ama y la
virtud de la esperanza envuelvan en serenidad toda la vida familiar. Que comprendamos que la paz y la serenidad del hogar se apoyan,
sobre todo, en estas bases firmes: la confianza en Dios; la humildad
(que nos lleva a olvidarnos de nosotros y a darnos a los demás); y
también la virtud del orden (orden material, orden en los horarios,
orden en los planes familiares, orden en las cuentas…), pues la paz,
como repiten los santos, “es la tranquilidad en el orden”, y es, por
lo tanto, incompatible con el desorden y el abandono.
Día 6. Superar con Dios las Crisis y Dificultades del Matrimonio
Reflexión: Palabras de San Josemaría
Pobre concepto tiene del matrimonio —que es un Sacramento, un
ideal y una vocación—, el que piensa que el amor se acaba cuando
empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre
consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras
de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el
verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido.
Como dice la Escritura, aquae multae [“las muchas aguas”] —las
muchas dificultades, físicas y morales— non potuerunt extinguere
caritatem [“No pudieron apagar el amor”] (Cant 8, 7), no podrán
apagar el cariño. (Conversaciones, 91)
Tendría un pobre concepto del matrimonio y del cariño humano
quien pensara que, al tropezar con esas dificultades, el amor
y el contento se acaban. Precisamente entonces, cuando los
sentimientos que animaban a aquellas criaturas revelan su
verdadera naturaleza, la donación y la ternura se arraigan y se
manifiestan como un afecto auténtico y hondo, más poderoso que
la muerte (Cant 8, 6). (Es Cristo que pasa, 24)
El marido y la mujer deben crecer en vida interior y aprender de la
Sagrada Familia a vivir con finura […] las virtudes del hogar cristiano.
[...] Es preciso aprender a callar, a esperar y a decir las cosas de
modo positivo, optimista. Cuando él se enfada, es el momento
de que ella sea especialmente paciente, hasta que llegue otra vez
la serenidad; y al revés. Si hay cariño sincero y preocupación por
aumentarlo, es muy difícil que los dos se dejen dominar por el mal humor a la misma hora. (Conversaciones, 108)
Si alguno dice que no puede aguantar esto o aquello, que le resulta
imposible callar, está exagerando para justificarse. Hay que pedir
a Dios la fuerza para saber dominar el propio capricho; la gracia,
para saber tener el dominio de sí mismo. Porque los peligros de
un enfado están ahí: en que se pierda el control y las palabras se
puedan llenar de amargura, y lleguen a ofender y, aunque tal vez no
se deseaba, a herir y a hacer daño. (Conversaciones, 108)
Otra cosa muy importante: debemos acostumbrarnos a pensar que
nunca tenemos toda la razón. Incluso se puede decir que, en asuntos
[…] ordinariamente tan opinables, mientras más seguro se está de
tener toda la razón, tanto más indudable es que no la tenemos.
Discurriendo de este modo, resulta luego más sencillo rectificar y, si
hace falta, pedir perdón, que es la mejor manera de acabar con un
enfado: así se llega a la paz y al cariño. (Conversaciones, 108)
Un último consejo: que no riñan nunca delante de los hijos:
para lograrlo, basta que se pongan de acuerdo con una palabra
determinada, con una mirada, con un gesto. Ya regañarán después,
con más serenidad, si no son capaces de evitarlo. La paz conyugal
debe ser el ambiente de la familia, porque es la condición necesaria
para una educación honda y eficaz. Que los niños vean en sus
padres un ejemplo de entrega, de amor sincero, de ayuda mutua,
de comprensión; y que las pequeñeces de la vida diaria no les
oculten la realidad de un cariño, que es capaz de superar cualquier
cosa. (Conversaciones, 108)
Intenciones
Que comprendamos que todas las “crisis” matrimoniales pueden
tener dos salidas, dependiendo de la fe y de la grandeza de corazón
de los dos: o “acaban” con el matrimonio, rompiendo la unidad y
provocando la separación (lo que suele ser el triunfo del egoísmo y
la alegría del demonio); o, por el contrario, marido y mujer ven en
la “crisis” una llamada de Dios para profundizar los dos juntos en las
causas de sus desacuerdos y peleas. Ésa es la salida que Dios espera.
Después de haber rezado mucho y de pedir consejo, los dos tendrán
que decidirse a corregir los antiguos defectos; con humildad, verán
la mejor manera de ayudarse, teniendo la seguridad de que así
saldrán fortalecidos de la crisis, con más madurez de carácter y
virtudes más firmes; de manera que lo que podría haber sido una
piedra de tropiezo en el camino, se transforme en un escalón que les
haga subir y crecer en su santa unión.
Que sepamos tener la sinceridad de reconocer que, cuando
decimos “no aguanto más”, en el fondo todos sabemos que,
rezando con fe y acercándonos más a Dios –sobre todo por medio
de la confesión y de la comunión–, podremos levantar más alta
la Cruz y cargarla con más garbo; y que, de este modo, seremos
capaces de transformar nuestro amor –mediante la paciencia, el
perdón y la generosidad– en un cariño más puro, reflejo del amor
misericordioso de Cristo, y alcanzar la gracia de la conversión de
nuestros corazones. Y que no nos olvidemos de que, sobre todo
en las crisis más serias, podrá ser necesario buscar, con humildad
y confianza, la orientación de un sacerdote, el tratamiento de un psiquiatra cristiano, el consejo de un matrimonio amigo.
Que evitemos con toda el alma comentarios despectivos, críticas y
expresiones ofensivas sobre los parientes (el suegro, la suegra, los
cuñados y cuñadas, primos y primas); y que, en general, evitemos
todas las actitudes, palabras, omisiones y olvidos que puedan herir
el amor propio de los demás y dejar abiertas llagas difíciles de curar.
(Si desgraciadamente ya hubo una separación) Que el que haya
padecido una injusticia (porque el otro le fue infiel, porque no
le concedió el perdón cuando volvió arrepentido, porque no
quiso comprender), vea con claridad que ahora, más que nunca,
necesita estar cerca de Dios, fortalecido por la gracia divina y por
la orientación espiritual de un buen confesor; y que comprenda
que, en esos momentos, Dios le pide principalmente dos cosas:
primero, que rece para vencer el resentimiento contra el que tuvo
la culpa principal en la separación, al mismo tiempo que mantiene
la esperanza en el milagro de la reconciliación; y, en segundo lugar,
que no se cierre en su amargura, sino que se dedique con más
empeño a los hijos, al apostolado, a las obras de caridad. Y que
el que provocó con su comportamiento la separación piense que
Dios le pide la humildad de arrepentirse, de pedir perdón con toda
sinceridad y de reparar, procurando compensar lo más posible el
mal causadol
Día 7. Colaboradores de Dios
Reflexión: Palabras de San Josemaría
El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos [...]. Nos ha dado el Creador la inteligencia, que es como un chispazo del entendimiento divino, que nos permite —con la libre voluntad, otro don de Dios— conocer y amar; y ha puesto en nuestro cuerpo la posibilidad de engendrar, que es como una participación de su poder creador. Dios ha querido servirse del amor conyugal, para traer nuevas criaturas al mundo y aumentar el cuerpo de su Iglesia. (Es Cristo que pasa, 24) El sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad. Ese es el contexto, el trasfondo, en el que se sitúa la doctrina cristiana sobre la sexualidad. Nuestra fe no desconoce nada de lo bello, de lo generoso, de lo genuinamente humano, que hay aquí abajo. (Es Cristo que pasa, 24) La castidad –la de cada uno en su estado: soltero, casado, viudo, sacerdote– es una triunfante afirmación del amor. (Surco, 831) Participáis del poder creador de Dios y, por eso, el amor humano es santo, noble y bueno: una alegría del corazón, a la que el Señor —en su providencia amorosa— quiere que otros libremente renunciemos. Cada hijo que os concede Dios es una gran bendición divina: ¡no tengáis miedo a los hijos! (Forja, 691) Bendigo a los padres que, recibiendo con alegría la misión que Dios les encomienda, tienen muchos hijos. E invito a los matrimonios a no cegar las fuentes de la vida, a tener sentido sobrenatural y valentía para llevar adelante una familia numerosa, si Dios se la manda. Cuando alabo la familia numerosa, no me refiero a la que es consecuencia de relaciones meramente fisiológicas; sino a la que es fruto de ejercitar las virtudes cristianas, a la que tiene un alto sentido de la dignidad de la persona […], a la que sabe que dar hijos a Dios no consiste sólo en engendrarlos a la vida natural, sino que exige también toda una larga tarea de educación: darles la vida es lo primero, pero no es todo. Puede haber casos concretos en los que la voluntad de Dios –manifestada por los medios ordinarios— esté precisamente en que una familia sea pequeña. Pero son criminales, anticristianas e infrahumanas, las teorías que hacen de la limitación de los nacimientos un ideal o un deber universal o simplemente general. (Conversaciones, 94) No es el número por sí solo lo decisivo: tener muchos o pocos hijos no es suficiente para que una familia sea más o menos cristiana. Lo importante es la rectitud con que se viva la vida matrimonial. El verdadero amor mutuo trasciende la comunidad de marido y mujer, y se extiende a sus frutos naturales: los hijos. El egoísmo, por el contrario, acaba rebajando ese amor a la simple satisfacción del instinto y destruye la relación que une a padres e hijos [...]. Decía que, por sí solo, el número de hijos no es determinante. Sin embargo, veo con claridad que los ataques a las familias numerosas provienen de la falta de fe: son producto de un ambiente social incapaz de comprender la generosidad, que pretende encubrir el egoísmo y ciertas prácticas inconfesables con motivos aparentemente altruistas. (Conversaciones, 94)
Intenciones
Que sepamos agradecerle todos los días el gran don de los hijos –si Él nos los dio–, y veamos en ellos, en su educación humana, en su formación cristiana, en su verdadero bien espiritual y material, una parte importantísima de la misión que Dios nos confió al llamarnos con la vocación matrimonial y familiar. Que no olvidemos nunca que un hijo nuestro, aun cuando sepamos que va a nacer –o ya nació– con alguna deficiencia física o mental, es un hijo de Dios dotado de un alma inmortal, alma creada directamente por Dios a su imagen y destinada a gozar eternamente del amor de la Santísima Trinidad. Que, con esa seguridad, no nos dejemos nunca influenciar por los consejos criminales (como el de abortar) recibidos de personas que no saben lo grande que es el menor de los hijos de Dios, amado y redimido por Cristo, que murió por él en la Cruz, como si fuera único en el mundo. Que tengamos la generosidad, la fe y el valor de recibir de Dios todos los hijos que honrada y generosamente podamos criar y educar; y, que, si alguna vez hay motivos objetivamente graves, serios y justos (nunca por pura comodidad o egoísmo) –como enseña la doctrina católica– para espaciar por algún tiempo o indefinidamente la llegada de hijos, sepamos seguir fielmente (pidiendo el consejo y la orientación oportunos) las indicaciones de la Iglesia sobre los métodos naturales correctos para diferir el embarazo. [Para los que no han tenido hijos] Que estemos convencidos de que, si Dios no nos ha dado hijos, eso no significa que haya querido disminuir en nosotros el ideal santo de la paternidad y de
la maternidad, porque siempre lo podremos ejercitar –buscando
diligentemente hacer la voluntad de Dios–, dedicándonos a otros
miembros de la familia, o a entidades y actividades caritativas
cristianas que cuidan de niños abandonados; o trabajando
activamente en la formación cristiana de la juventud; y, si es el
caso, estudiando la posibilidad de adoptar, con el debido consejo y
prudencia, uno o más niños sin hogar.
Día 8. Educar a los Hijos
Reflexión: Palabras de San Josemaría
La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa
participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha
de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine
formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.
Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano
como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión,
que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo,
saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino
acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de
los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a
los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas,
de los que se espera una ayuda eficaz y amable. (Es Cristo que pasa, 27)
Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los
hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos
conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o
menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del
valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta,
confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden
a lo largo de los años. (Es Cristo que pasa, 28)
Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre todo éste: que
vuestros hijos vean —lo ven todo desde niños, y lo juzgan: no os hagáis
ilusiones— que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no
está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras; que os esforzáis
por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras. Es así como mejor contribuiréis a hacer de ellos cristianos verdaderos,
hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto
las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y
de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad,
de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la
sociedad. (Es Cristo que pasa, 28)
Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos
y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que
los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones
conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber
reconocer la parte de verdad —o la verdad entera— que pueda haber
en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar
rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y
a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos,
sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su
libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal,
ni responsabilidad sin libertad. (Es Cristo que pasa, 27)
Los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus
hijos, después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han
de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la
libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. [...]. Unas
palabras más, para referirme expresamente [...] a la decisión [de los hijos]
de emplearse en el servicio de la Iglesia y de las almas. Cuando unos padres
católicos no comprenden esa vocación, pienso que han fracasado en su
misión de formar una familia cristiana, que ni siquiera son conscientes
de la dignidad que el Cristianismo da a su propia vocación matrimonial.
(Conversaciones, n. 104)
Intenciones
Que sepamos entregarnos de verdad a la misión de educar
integralmente a los hijos que Dios nos confió, sabiendo que –en
materia de educación– nada en el mundo puede sustituir el ejemplo
diario de los padres, ni la dedicación con que se consagran, con
esfuerzo y perseverancia, a formar a los hijos para que se hagan
hombres y mujeres de carácter y buenos cristianos. Y que –al mismo
tiempo– no olvidemos que, para formar hombres y mujeres de
carácter se necesita unir, al cariño, la fortaleza de saber decir que
no, cuando es necesario para evitarles un mal o un peligro moral,
aunque eso los haga sufrir, pues la debilidad y la condescendencia
cobarde de los padres (o de los abuelos) sólo sirven para causar daño
a los hijos.
Que Dios nos ayude a evitar el autoritarismo irritado –que no es
más que una explosión de mal genio–, las imposiciones ásperas, las
riñas violentas, el descontrol de los nervios, pues muchas veces son
una señal clara de que a los padres les faltó el sacrificio suficiente
para dedicar tiempo y paciencia a oír a los hijos, a comprenderlos,
a dialogar con ellos… Que Dios nos ayude especialmente a ver el
modo práctico de enseñarles las virtudes básicas, como la lealtad,
la sinceridad, el respeto por todo tipo de personas, la generosidad y
el desprendimiento, el orden, la disciplina, la responsabilidad en el
estudio y en el trabajo, la solidaridad con los necesitados..., virtudes
humanas que son la base de las sobrenaturales. Y que entendamos
que sólo se puede exigir mucho y con cariño, cuando se ha dado
mucho.
Que nunca olvidemos que –como enseñaba san Josemaría– cada
ser humano es como una piedra preciosa, que tiene un modo
propio, único, de ser tallada y de llegar a la perfección. Que
evitemos, por eso, educar a los hijos en serie, intentando meterlos
en el mismo molde. Las virtudes cristianas se pueden adquirir por
diversos caminos –sin hacer concesiones al error, al abandono, ni
a la tibieza–, y el corazón de los padres debe tener la “sabiduría
del amor”, que sabe respetar la natural diversidad de los hijos y
tratar a cada uno de ellos con justicia, del modo más adecuado a
sus condiciones personales.
Que los padres cristianos sepamos comprender que cada uno de
nuestros hijos es, por encima de todo, hijo de Dios, y que lo más
importante para cada uno es lo que Dios le pide, su auténtica
vocación, tanto en el terreno humano (vocación profesional,
desarrollo de sus dones y aptitudes), como en el terreno espiritual:
la vocación a la santidad en el matrimonio; o en la llamada a una
dedicación total al servicio de Dios y de los demás, viviendo el
celibato; y también la dedicación a diversas manifestaciones de
responsabilidad y servicio social, de apostolado, de catequesis, de
asistencia, etc.
Día 9. Dios en el Hogar
Reflexión: Palabras de San Josemaría
Los matrimonios tienen gracia de estado —la gracia del sacramento—
para vivir todas las virtudes humanas y cristianas de la convivencia:
la comprensión, el buen humor, la paciencia, el perdón, la delicadeza
en el trato mutuo. Lo importante es que no se abandonen, que
no dejen que les domine el nerviosismo, el orgullo o las manías
personales. Para eso, el marido y la mujer deben crecer en vida
interior y aprender de la Sagrada Familia a vivir con finura —por
un motivo humano y sobrenatural a la vez— las virtudes del hogar
cristiano. Repito: la gracia de Dios no les falta. (Conversaciones, 108)
En todos los ambientes cristianos se sabe, por experiencia, qué
buenos resultados da la natural y sobrenatural iniciación a la vida de
piedad, hecha en el calor del hogar. El niño aprende a colocar al Señor
en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a
tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar,
siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve
la gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están
obligados a ser sinceramente piadosos, para poder transmitir —más
que enseñar— esa piedad a los hijos. (Conversaciones, 103)
¿Los medios? Hay prácticas de piedad —pocas, breves y
habituales— que se han vivido siempre en las familias cristianas,
y entiendo que son maravillosas: la bendición de la mesa, el rezo
del rosario todos juntos […], las oraciones personales al levantarse
y al acostarse […]. De esa manera, lograremos que Dios no sea
considerado un extraño, a quien se va a ver una vez a la semana, el domingo, a la iglesia; que Dios sea visto y tratado como es en
realidad: también en medio del hogar, porque, como ha dicho el
Señor, donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy
yo en medio de ellos (Mat. 18, 20). (Conversaciones, 103)
No se pierde nunca la piedad que las madres metéis en el corazón de
vuestros hijos. (Boletín Romana, 2001, vol. 1, pág. 121)
Pienso siempre con esperanza y con cariño en los hogares
cristianos, en todas las familias que han brotado del sacramento
del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran
misterio divino —sacramentum magnum! (Eph 5, 32), sacramento
grande— de la unión y del amor entre Cristo y su Iglesia. Debemos
trabajar para que esas células cristianas de la sociedad nazcan y se
desarrollen con afán de santidad. (Conversaciones, 91)
Quizá no puede proponerse a los esposos cristianos mejor modelo
que el de las familias de los tiempos apostólicos [...] Familias
que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas
comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación
del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares
de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que
contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los
primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy:
sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús
nos ha traído. (Es Cristo que pasa, 30)
Intenciones
Que nos ayude a comprender que no hay nada que atraiga más
hacia Dios a los hijos que ver que la fe y la práctica religiosa de
sus padres se traduce, día tras día, en frutos prácticos, en virtudes
cristianas. Que vean que el padre y la madre están más alegres, más
unidos, que son más pacientes, que tienen fuerzas para enfrentar
con optimismo –confiando plenamente en Dios– las tribulaciones,
por grandes que sean; que saben comprender, disculpar y perdonar
las ofensas o ingratitudes que reciben. En resumen, que los hijos
noten que nosotros, los padres, más que con palabras o sermones,
enseñamos con el ejemplo una conducta impregnada por el amor
de Cristo.
Que los hijos vean que la participación de los padres en la Santa
Misa, la comunión frecuente, el Santo Rosario, las oraciones de la
mañana y de la noche, la bendición de la mesa, etc., se viven con
fidelidad alegre y no mecánicamente o como una obligación. Que,
en todas nuestras prácticas religiosas, noten un auténtico amor
a Dios Padre, a Jesucristo (sobre todo en la Eucaristía), al EspírituSanto, un cariño filial a Nuestra Señora, y también la confianza con
los santos Ángeles y la “amistad” familiar con los santos de particular
devoción de cada uno.
Que, con la ayuda de la gracia divina, no nos cansemos de rezar
los unos por los otros, y especialmente los padres por los hijos,
sobre todo si esos se encuentran en dificultades serias (morales,
espirituales, de hábitos o compañías peligrosas); que no nos falte una fe grande en que el cariño, el ejemplo y la paciencia, unidos a
una oración perseverante –contando siempre con la mediación de
la Virgen–, dejarán una buena semilla plantada en el corazón de los
hijos, semilla que no se perderá, sino que terminará por dar su fruto,
aunque tarde años.
Que, muy conscientes de que –como repetía el Papa Juan Pablo
II– “el futuro de la humanidad pasa por la familia”, se encienda en
nuestros corazones el ideal de formar un hogar cristiano, que pueda
ser un punto luminoso en medio de la oscuridad de este mundo
materialista y hedonista; que sea como una luminaria que atraiga a
muchos matrimonios y novios jóvenes, y despierte en ellos el deseo
de hacer todo lo posible para formar una familia cristiana, unida,
alegre y fecunda.
SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ
“Allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria”. (Homilía Amar al mundo apasionadamente, 8-X-1967)
San Josemaría Escrivá nació en Barbastro (España) el 9-I-1902. Fue ordenado sacerdote en Zaragoza el 28-III-1925. El 2-X-1928 fundó, por inspiración divina, el Opus Dei. El 26-VI-1975 falleció repentinamente en Roma. En ese momento el Opus Dei estaba extendido por los cinco continentes, sirviendo a la Iglesia con el mismo espíritu de plena unión al Papa y a los obispos que vivió siempre san Josemaría. San Juan Pablo II le canonizó en Roma, el 6-X-2002. Su fiesta litúrgica se celebra el 26 de junio. El cuerpo de san Josemaría Escrivá reposa en la Iglesia prelaticia de Santa María de la Paz. Viale Bruno Buozzi 75, Roma.

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Amén. Dios, Padre y Espíritu Santo te bendiga