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lunes, 7 de abril de 2025

Cuaresma

 

La Cuaresma: reflexión y penitencia 

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Cuarenta días que evocan acontecimientos en la historia de la Sagrada Escritura

Cuaresma no solo es un tiempo de reflexión y penitencia, sino también una invitación a la transformación profunda. Es un período para dejar atrás viejos hábitos que nos limitan, para liberarnos de lo que nos pesa, y para renacer con una mayor claridad de propósito. En este tiempo, podemos replantearnos nuestras prioridades y tomar consciencia de lo que realmente importa: nuestra paz interior, nuestras relaciones, y nuestra conexión con lo divino.

Es el momento perfecto para hacer un balance honesto de nuestra vida, reconociendo tanto nuestras fortalezas como nuestras debilidades, y tener la valentía de trabajar en ellas. El sacrificio y la abstinencia no son solo renuncias a lo material, sino una oportunidad para aprender a cultivar lo que realmente nos nutre espiritualmente. Es en la renuncia que descubrimos nuestra verdadera fortaleza, y en el silencio interior hallamos la voz que nos guía hacia un propósito mayor.

La cuaresma

La Cuaresma nos invita a dar un paso hacia el crecimiento, a liberarnos de lo superficial para abrazar lo esencial, recordándonos que la verdadera transformación comienza desde adentro. Es el tiempo de purificar el alma, de renovar el corazón y de abrazar la esperanza de un futuro más lleno de luz. No es solo un camino de sacrificio, sino un camino de oportunidad, crecimiento y renacimiento.

De hecho, el Concilio Vaticano II ha señalado que la Cuaresma posee una doble dimensión, bautismal y penitencial, y ha subrayado su carácter de tiempo de preparación para la Pascua en un clima “más intensamente entregados a oír la Palabra de Dios y a la oración”, fomentando la práctica penitencial, “que no debe ser sólo interna e individual, sino también externa y social” (SC 109).

Como bien decía el Papa san León Magno (390-461), el itinerario cuaresmal es: 

“un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a sus fieles el ejemplo que le dio Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales con la purificación del corazón y una práctica perfecta de la vida cristiana”.

Comienza con el especial signo de penitencia, que encontramos muy presente en la Biblia. El pueblo elegido de Israel, cuando se consideraba en pecado, o cuando querían prepararse para eventos de gran importancia, se cubrían de cenizas y se vestían con una tela áspera, en señal de purificación (Jdt 4, 11; Jer 6, 26).

La Iglesia

En la Iglesia de los primeros tiempos, con los penitentes “públicos”, se realizaba un rito de reconciliación el Jueves Santo, aproximándose la Pascua. Se vestían de hábitos penitenciales, y ellos mismos imponían cenizas en sus cabezas en público para expresar su conversión. Hacia el siglo XI desapareció este gesto, pero la Santa Iglesia lo conservó para todos los cristianos que se reconociesen pecadores, dispuestos a caminar en pro de su conversión durante la cuaresma.

Así fue, que con cenizas hechas de ramos de olivos o de palmas bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior, continuó la Iglesia con la antigua costumbre a partir del siglo XII. De los ramos que fue fueron agitados en señal de victoria y de triunfo rememorando la entrada de Jesús en Jerusalén, ahora serán usadas sus cenizas como símbolo penitencial.

La Ceniza

En su sencillez, el rito de la recepción de la ceniza, invita a los fieles cristianos a prepararse para el Misterio Pascual; el sacerdote, signando una cruz en la frente o colocando ceniza sobre sus cabezas, expresa alguna de las fórmulas: Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás (Gn 3, 19), proclamando que de un momento para otro podemos ser llevados por la muerte y retornar al polvo, o Conviértete y cree en el Evangelio (Mc 1, 15), como la muerte del hombre viejo y el aparecer del hombre nuevo. Lo que el propio apóstol San Pablo incentiva a que “nos reconciliemos con Dios” (2Cor 5,20).

El Sembrador

Eran tiempos en que la comunidad cristiana se esforzaba en realizar una profunda renovación interior, conscientes de que no tenían fuerzas por sí propios, y que era el propio Dios que, por una gracia especial, los convertía. Hoy, cuando miramos nuestro entorno vemos, tristemente, cuántos católicos, que fueron bautizados, con el correr de los años, por la influencia del ambiente, fueron perdiendo la fe. Nos hace recordar la parábola del sembrador: “en cuanto escuchan la palabra, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos” (Mc 4, 15). Perdieron la Fe por culpa propia, porque nadie la pierde sin su propia culpa.

La han ido perdiendo por la influencia deletérea de incalculable número de publicaciones impías, destacadamente las basuras que entran a través de las llamadas “redes” sociales. Es ahí que comprendemos la razón de la crisis moral que corroe el mundo que nos ha tocado vivir, en la familia, en las relaciones sociales, hasta dentro de los ambientes católicos. Recursos psicológicos que oscurecen progresivamente, en el hombre de hoy, el discernimiento entre el bien y el mal. Como una ofensiva, ordenada, extensa e ingeniosa. Ya decía, ¡en el año 1947!, el profesor Plinio Corrêa de Oliveira, gran pensador católico brasileño del siglo pasado: “Diariamente, las instituciones, las costumbres, el arte, se van descristianizando, indicio de que el propio mundo va perdiendo a Dios”.

La Negación

Se ha ido constituyendo, en el decir de Benedicto XVI: “una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos” (18-4-2005), quedando ante nuestros ojos un panorama que nos asusta: la negación de la gravedad y del concepto mismo de pecado, no sólo admitido sino glorificado y, por otro lado, la virtud despreciada y perseguida.

En estos momentos en que la civilización materialista nos deslumbra, el deseo de disfrutar de la vida se despierta en nosotros y nos es difícil cualquier esfuerzo para desprendernos de estas ataduras del demonio, del mundo y de la carne, nada mejor que entrar en el camino cuaresmal, pidiendo a Cristo Jesús, por la mediación omnipotente de Su Santísima Madre, la Virgen María, que penetre en nuestros corazones y nos transforme.


La Prensa Gráfica, 14 de febrero de 2024.

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Nota: Visita el Aoraciones - Oraciones a la Virgen del Carmen.
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