Orando así de rodillas, se me apareció la Virgen Carmelita
Monte Carmelo, ensalzando con himnos y engrandeciendo a esta Madre de gracias diciendo:
«Salve, Reina, Madre de misericordia y esperanza nuestra.»
Orando así de rodillas, se me apareció la Virgen Carmelita, la cual me habló en estos términos:
«¡Oh Juan, oh Juan, Vicario de mi amado Hijo! Así como yo te libré de tu adversario, y por un favor señalado te hago Papa, gracia que he alcanzado de mi Hijo dulcísimo, así tú debes conceder gracia y amplia confirmación a mi santa y devota Orden de Carmelitas, comenzada en el Monte Carmelo por Elías y Eliseo, y como Vicario de mi Hijo debes confirmar en la tierra lo que Él ha determinado en el cielo: que cualquiera que profese, observe y guarde inviolablemente la Regla de mi siervo Alberto, Patriarca, aprobada por mi amado hijo Inocencio, y me persevere en santa obediencia, pobreza y castidad, o entrare en esta santa religión llevando la insignia del santo hábito (Escapulario), llamándose hermanos de mi Orden ya dicha, que desde el día que entraren sean libres y absueltos de la tercera parte de sus pecados, si en la viudez prometen continencia, si en el celibato guardan castidad virginal, si en el matrimonio conservan inviolablemente la fidelidad conyugal, como la Santa Madre Iglesia lo manda. Que los hermanos profesos de dicha Orden sean absueltos de culpa y pena, y el día que éstos salgan de este mundo y vayan apresurados al Purgatorio, yo, su Madre, bajaré a él graciosamente el sábado después de su muerte y libraré a cuantos allí hallare, y los llevaré al Monte Santo de la vida eterna. Mas estos cofrades están obligados a rezar las Horas canónicas como conviniere, según la Regla dada por Alberto: los que no sepan rezarlas, deben ayunar los días que manda la Iglesia, si no es que la necesidad lo impida, y guardar abstinencia de carne los miércoles y sábados, excepto cuando en alguno de estos días cayere la Natividad de mi Hijo.»
Dicho esto, estando yo espantado y admirado, la Virgen, cercada de su resplandor admirable y celestial, desapareció de mi vista y subió a los cielos. Y yo, Juan, siervo de los siervos de Dios, di orden de que se cumpliesen con toda presteza y cuidado los mandatos de la Virgen Sacrosanta; y luego, por la mañana, delante de mis hermanos los Cardenales, confirmé el Sagrado Orden de los Carmelitas, lleno de toda santidad y resplandor, fundado en el Monte Carmelo por los santísimos Patriarcas Elías y Eliseo, y asimismo le hice libre y exento y le haré con muchos otros privilegios, y de nuevo otra vez lo confirmo y corroboro en la tierra, como Jesucristo lo confirmó y corroboró en el cielo por el amor de su gloriosísima Madre.
Por tanto, a ninguno le sea lícito el irritar o con temeraria osadía contravenir a esta Bula de nuestra indulgencia o Estatuto de ordenación, confirmación y aprobación de este sagrado Orden; y si alguno temerariamente intentare hacerlo, sepa que ha incurrido en la indignación de Dios Todopoderoso y de los bienaventurados Apóstoles San Pedro y San Pablo.
Dado en Aviñón, a 3 de Marzo de 1322.
Explicación del Escudo del Carmen
Sobre un fondo blanco, emblema de la pureza del Carmelo, representada por la capa blanca que, como legado de virtud y de poder de su Padre, el Profeta de Dios, San Elías, usan los religiosos carmelitas, se destaca un cono, que es figura del Monte Carmelo, y del Santo Hábito y Escapulario, que dentro de su manto abrigan los propios individuos; hábito que es pardo, negro u obscuro, en demostración de la penitencia continua ordenada en la Regla dada por San Alberto, Patriarca de Jerusalén. Sobre la cima del Monte hay una cruz, en veneración del primer carmelita descalzo, San Juan de la Cruz. Los carmelitas calzados no tienen esa cruz en su escudo.
En el centro de esta figurada montaña se pone una estrella, que ha de ser de plata, la cual es figura de Nuestro Padre San Elías, que en una cueva del corazón del Monte Carmelo instituyó, nueve siglos antes de la existencia del Cristianismo, la escuela o compañía de «Hijos de los Profetas», que por una continuación no interrumpida, son los mismos carmelitas de nuestros tiempos; y a los lados del cono hay otras dos estrellas, que han de ser de oro, las cuales representan la Divinidad y Humanidad de nuestro adorable Redentor, cuya doctrina propagaron y cuya Santa Iglesia ayudaron a consolidar los hijos del Carmelo.
Todo este conjunto se cobija bajo una corona de príncipe, que es la de María, Soberana Emperatriz de cielos y tierra, que así coronada y vestida con los colores y hábito del Carmen se ha dejado ver en distintas ocasiones, y ha expresado que tendrá siempre bajo su celestial amparo a todos los alistados en las filas del Carmelo.
Sobre esta corona se pone la de las doce estrellas, explicada en el Apocalipsis, para significar que nuestra Orden se halla adornada con toda la hermosura y brillantez de la Madre y Decoro del Carmelo. Remata el escudo el fuerte brazo de San Elías con su espada de fuego y el lema «Zelo zelatus sum pro Domino Deo exercituum», lo que significa que sus hijos siguen en todo su ejemplo para el logro de la mayor gloria de Dios, para la honra constante de María y para la salvación de las almas cristianas.
Tengamos, pues, en gran estima tan bella divisa, y no dudemos que, practicando lo que ella expresa, alcanzaremos la bienaventuranza eterna.


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Amén. Dios, Padre y Espíritu Santo te bendiga