La experiencia del silencio facilita la intimidad con Dios
Nos dice el papa San Juan Pablo II en su carta apostólica del 4 de Diciembre de 2003, con motivo del cuadragésimo aniversario de la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la Sagrada Liturgia:
“Un aspecto que es preciso cultivar con más esmero en nuestras comunidades es la experiencia del silencio. Resulta necesario para lograr la plena resonancia de la voz del Espíritu Santo en los corazones y para unir más estrechamente la oración personal con la palabra de Dios y la voz pública de la Iglesia. En una sociedad que vive de manera cada vez más frenética, a menudo aturdida por ruidos y dispersa en lo efímero, es vital redescubrir el valor del silencio. No es casualidad que, también más allá del culto cristiano, se difunden prácticas de meditación que dan importancia al recogimiento.
¿Por qué no emprender con audacia pedagógica una educación específica en el silencio dentro de las coordenadas propias de la experiencia cristiana?
Debemos tener ante nuestros ojos el ejemplo de Jesús,
"el cual salió de casa y se fue a un lugar desierto, y allí oraba (Mc 1, 35). La liturgia, entre sus diversos momentos y signos, no puede descuidar el del silencio” (San Juan Pablo II Spiritus et Sposan. 13).
El adviento es tiempo de conversión, tiempo de espera real y escatológica del Señor.
Es necesario hacer de nuestra espera en Adviento, un tiempo de perfecto y sagrado de silencio.
El silencio es la condición necesaria de la oración y la guarda de los pensamientos santos.
El Silencio nos desprende, la charla nos embrolla; el silencio nos hace vigilantes sobre nosotros mismos y nos protege; la conversación, incluso la necesaria, nos compromete. Si guardamos perfectamente el silencio durante una semana, cuántas faltas desaparecen de nuestra confesión semanal: faltas de paciencia, de caridad, de obediencia, de conformidad, de discreción etc.
El silencio fomenta la calidad del santo temor. La reverencia ante la presencia de Dios nos hace silenciosas y fortalecidas por ese silencio.
¿Quién romperá el silencio si está penetrada de la presencia de Dios?
También la esperanza es fortalecida por el silencio, porque el alma silenciosa es mejor instruida por las lecciones particulares del Señor sobre el Espíritu Santo y eso trae siempre al alma esperanza y suavidad.
Debemos de distinguir dos espacios de silencio:
* Silencio personal en momentos determinados de nuestra vida cotidiana, especialmente en el momento de oración.
* Silencio en los momentos de encuentro comunitario (liturgia).
¿Por qué hay momentos de silencio en la liturgia?
Es necesario el silencio para escuchar la Palabra de Dios, para prepararnos a escuchar esa Palabra. Dios se hizo Palabra en Jesús, y condición para escuchar esa Palabra es el silencio: silencio del corazón, de la mente, de los sentidos, silencio ambiental.
Hay un hermoso pasaje de la Biblia en 1 Sam 3, 10 cuando el joven Samuel en el silencio de la noche le dice a Dios: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.
Guardamos silencio para escuchar a Dios.
¿Cuáles son esos momentos de silencio?
Antes de la eucaristía y de cualquier celebración litúrgica nos deberíamos preparar con el silencio, para reflexionar y pensar: ¿Qué vamos a hacer?; ¿con quién vamos a encontrarnos?; ¿qué nos pedirá Dios en esta ceremonia?; ¿cómo debemos vivir esta celebración?; ¿qué traemos a esta celebración?; ¿qué deseamos en esta eucaristía?; ¿qué pensamos dar a Dios?.
Por eso urge hacer silencio ya que hemos entrado en el recinto sagrado y hay que preparar el corazón, que será el terreno donde Dios depositará la semilla fecunda de la salvación.
Silencios en la eucaristía y su significado
1.- Antes del “Yo confieso”: es un silencio para ponernos en la presencia del tres veces santo, reconocer nuestra condición de pecadores y pedirle perdón, y de esta manera poder entrar dignos a celebrar y vivir los misterios de pasión, muerte y resurrección de Cristo.
2.- Antes de la oración colecta: el sacerdote dice: “Oremos”. Es aquí donde el sacerdote, en nombre de Cristo, recoge todas nuestras peticiones y súplicas, traídas a la Eucaristía. Antiguamente se usaban también otras fórmulas, dichas por el diácono, para llamar la atención de la asamblea antes de esta oración: “Guardad silencio”. ”Prestad oídos al Señor”. En este silencio cada uno concreta sus propias intenciones. Por eso se llama oración colecta, porque colecciona y recoge los votos, intenciones y peticiones de toda la Iglesia orante.
3.- Después de la lectura del Evangelio o de la homilía; ¿Qué significado tiene ese breve silencio? Dejar que la Palabra de Dios, leída y explicada por el ministro de la Iglesia, vaya penetrando y germinando en nuestra alma. ¡Ojalá se encuentre siempre el alma abierta!
4.- Momento de la elevación de la Hostia consagrada y del Cáliz con la sangre de Cristo en la consagración. Es un silencio de adoración, de gratitud, de admiración ante ese milagro eucarístico. Es un silencio donde nos unimos a ese Cristo que se entrega por nosotros.
5.- Después de la comunión, viene el gran silencio. Silencio para escuchar a ese Dios que vino a nuestra vida, en forma de pan, silencio para compartir nuestra intimidad con Él. Silencio para ponernos en sus manos.
Silencio para unirnos a todos los que han comulgado y encomendar a quienes no han podido comulgar. ¡Aquí está la fuerza de la comunión!
También se recomienda un brevísimo silencio después de cada petición en la oración de los fieles. Aquí es un silencio impetratorio, donde pedimos por todas las necesidades de la Iglesia, del mundo y de los hombres.
6.- Es muy aconsejable, después de la eucaristía quedarse unos minutos más en silencio, para poder agradecer a Dios el habérsenos dado como alimento, al que nos ha permitido participar en la santa misa.
Fuente
Rafael Pla Calatayud. Boletín CAMINO A BETANIA nº 45
